El bate calló para siempre. No fue un ponche ni un out volador; fue el turno más cruel que el destino le asignó al primera base de los sueños. Lázaro Junco Nenínger, el pelotero que le torció el cuello a las estadísticas y le robó la gracia a la gravedad con cada jonrón, dejó de pisar el home plate este primero de junio. La enfermedad, esa lanzadora zurda sin control pero con una curva envenenada, le cantó la bola vencida tras meses en la caja de bateo.Nació en Limonar, donde el béisbol se respira como el aire húmedo de primavera. Allí, en el Estadio Victoria de Girón, que ahora le debe un cartel más grande, Junco se convirtió en leyenda viva. Fue el primer cubano en cruzar la raya de los 400 cuadrangulares en Series Nacionales. Cuatrocientos seis veces la bola se fue, como un pelícano asustado, a perderse entre las gradas y el asombro de una fanaticada incrédula ante lo que veía. Cuatrocientos seis veces sus compañeros lo esperaron al final del camino con la mano tendida.
Pero «Papá Jonrón» no fue solo cifras. Fue ese jugador de manos enormes y sonrisa pequeña que corría las bases como quien camina por su solar: sin prisa pero con rumbo. Los matanceros lo llamaban «Junco», sin apellidos, porque con el primero bastaba para encender la tertulia. Porque Junco también es patrimonio oral, un mito que se hereda de abuelos a nietos en los portales de la ciudad.
Cuando el tumor le anunció su turno al bate, el pelotero no se arrodilló. Escogió el mismo gesto de siempre: empuñar la esperanza como si fuera un madero de 34 onzas. Pasó por quirófano, por quimioterapias, por madrugadas de insomnio. Y mientras podía, se sentaba en la grada del Victoria a ver jugar a los muchachos, porque un exjugador nunca deja el estadio: solo cambia de butaca.
Hoy Matanzas anochece con la lágrima atravesada. Los periódicos, que debieron anunciar sus hazañas muchas veces, ahora tienen que escribir una palabra fea: adiós. En las esquinas, los viejos aficionados guardan silencio y se quitan la gorra. Alguien recuerda aquel jonrón contra Industriales en el 92; otro, el día que le pegó a un envío de Pedro Luis Lazo. Porque Junco fue de esos peloteros que hacen que el contrario también aplauda.
No llegó al Salón de la Fama del béisbol cubano por decisión de un comité, sino por decisión de la memoria. Su número, aquel que usó en Citricultores, Henequeneros y con los Cocodrilos, debería quedarse vacío una temporada, como señal de duelo. Pero el béisbol no para, porque él no hubiera querido que parara. Allá arriba, en un diamante de nubes, seguro ya está tomando turno.
Descansa en paz, Junco. Y gracias por cada vuelta al infield; por cada batazo que nos hizo creer; por cada lección de humildad que le diste a este reportero; por el respeto que profesaste siempre; por cada tarde en que la pelota blanca se convirtió, por unos segundos, en un pequeño sol fugaz. Los matanceros no te olvidamos. Te llevamos en el guante del corazón.
La despedida
Por: Carlos Manuel Bernal (Tomado de su perfil en Facebook).












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