¿Aceptas transferencia, muchacha? Lo pregunta en voz baja, con la resignación de saber que la mirarán con lástima para luego, tajantemente, decirle que no. Con el celular entre las manos y la tarjeta en el fondo del bolso, se aleja, impotente, con el sabor amargo de haber trabajado de sol a sol para ahora tener que suplicar, de establecimiento en establecimiento, la compra de algo tan básico como la comida de ella y sus hijos.
Así es cada vez que empieza un mes. La cola en el banco para, con buena suerte, sacar algunos pesos, que no alcanzan ni siquiera para iniciar la semana; las agobiantes caminatas entre puntos de venta, preguntando si puede pagar por alguna de las pasarelas de pago digital establecidas; incluso, se apuntó a un canal de WhatsApp donde la comunidad se ha organizado para saber dónde aceptan, al menos, algo de transferencia. Es lo que muchos llaman supervivencia y otros, malvivir.
Lo que debería ser un derecho del cliente: elegir cómo pagar, se ha convertido en una súplica, una “lucha” diaria para poner en la mesa el plato de comida, adquirir el aseo, trasladarse de un lugar a otro o pagar cualquier servicio. Es un derecho que se viola una y otra vez, y donde el más perjudicado es el pueblo que, con su trabajo diario, sostiene la vida de este país.
Así lo sienten miles de matanceros, quienes se desplazan por la urbe tratando de hacer uso de un dinero que han ganado con sudor y esfuerzo, pero que ahora se encuentra atrapado en una tarjeta. Mientras crece la incomodidad generada por la escasa efectividad de la bancarización, tanto negocios estatales como particulares perfeccionan sus procederes para dar una de “cal y otra de arena” a los clientes.
Los más dadivosos aceptan la mitad en efectivo y el resto en transferencia; otros asumen por esta vía hasta 1 000 o 2 000 pesos de la compra; hay quienes cobran un porcentaje que oscila entre el 10% y el 30% y en el último puesto de la fila está quien accede a que le pagues en transferencia. El pago en línea es casi obsoleto dentro del ecosistema actual.
Caemos así en el círculo vicioso impuesto por un modelo que desde el principio no estaba preparado para el proceso de bancarización. La mayoría de los negocios privados, y pongo la coletilla de los estatales también, no pueden aceptar el dinero de manera digital porque deben comprar dólares en el mercado informal para reabastecerse o, en todo caso, pagar en efectivo sus mercancías.
En otro orden, los bancos tampoco disponen de efectivo para dar a los negocios que hoy sostienen al pueblo, ni a los trabajadores y jubilados para que solventen sus necesidades de compra. Y algunos miran para otro lado, porque hoy es casi imposible aplicar lo establecido en materia legal, pues, si se comienzan a poner multas o a cerrar establecimientos, ¿quién garantizará la comida de ese mismo pueblo que necesita hacer uso de las plataformas de pago para alimentarse?
Y no es solo el pago digital el que afecta a los matanceros, también nos mella el hecho de que no se acepten billetes de bajas denominaciones (5, 10, 20 pesos), muchas veces los únicos a los que podemos tener acceso en los bancos.
Como quiera que se mire, parece que estamos ante un callejón sin salida. No en balde se toman medidas apresuradamente que, a decir de los entendidos, vendrán a oxigenar un poco la economía nacional, cuyos efectos deben sentirse en la población trabajadora, si de verdad se aspira a construir un proyecto social en el que el pueblo sea el protagonista y principal beneficiado.
Mientras tanto, los decisores deben desarrollar acciones para que ese efectivo también llegue a manos del pueblo. Fiscalizar y controlar los depósitos de quienes únicamente aceptan efectivo, pagar en los centros de trabajo la mitad en efectivo y la mitad en transferencia siempre que sea posible, dotar a los privados de efectivo para que puedan reabastecerse y, sobre todo, apoyar a esos sectores vulnerables que precisan ayuda para cobrar sus pensiones, constituyen hoy urgencias.
Tiempos de crisis necesitan soluciones de emergencia. Empezar por crear las condiciones para evitar las largas colas en los bancos bajo el sol, o el peregrinar constante de quienes dedican un tiempo infructuoso a perseguir las transferencias, también son acciones necesarias, si queremos que el pueblo deje de suplicar lo que le corresponde.
Por: Jessica Acevedo Alfonso. Tomado de Periódico Girón













Deja una respuesta