Manu no quiere dibujar. Da una vuelta en el piso. Suelta el lápiz de colores y se coloca los audífonos de casco. Entonces se pierde dentro del país de sí misma. Inicia un cabeceo al compás de la música. Constante. Rítmico. En estos momentos nada existe alrededor suyo; ni el resto de los niños que pintan un tocororo, ni el sol que se cuela entrometido por los ventanales de la casona derruida, ni su álbum de quince que su tía hojea orgullosa para enseñárselo al resto de adultos presentes. Cansada de tanta humanidad aplastante, ella ha decidido refugiarse en su interior.
“No se considera una enfermedad, sino una condición – me explicaría Godelia Porto, la tía, minutos después – Entra dentro de un gran globo llamado Trastorno del Espectro Autista (TEA). Padecen problemas en la socialización. Esto provoca dificultades en la conducta, en el lenguaje. Ellos pueden estar muy bien en una actividad, como esta, y de repente hacen una crisis de gritos, de llanto; pero no son agresivos.«
La única evidencia de que este edificio en el barrio de Versalles, con el fino descascarado y las vigas de madera en el techo repleta de mordidas, fue una Casa de Cultura, resulta un cartel en la entrada; el cual reza: Carlos Pio Urbach. Después de varios cambios de uso, divisiones y olvidos el local ahora funciona como sede del proyecto sociocultural de inclusión y diversidad Tocororo, a quien se lo asignaron hace poco.
Bajo la coordinación de Yurién González Alonso, este domingo 29 de marzo realizaron su encuentro semanal. Yuri en la pared plasmó con crayolas el logo del proyecto, el ave nacional con colores brillantes y líneas sinuosas. Ahora los infantes, algunos con condiciones como Manu, tratan de copiar el tocororo en hojas blancas.
Adriel acaba de terminar. Nada más suelta el dibujo se acerca a la puerta y ensimismado detrás de sus espejuelos contempla el cielo que se abre como un abanico con nubes parecidas a arabescos blancos. “Es un niño tranquilo. Le gusta caminar por la playa, explorar, dibujar… como yo digo, andar en su mundo”, explica su papá, Adrián Torres Fonseca. Este muchacho no debe sobrepasar los 35 años. Lleva vetas rubias y viste apretado. En el corte de la cara, en la constitución física, se nota el parentesco entre él y su hijo.

“Cuando lo diagnosticaron fue un choque muy grande. Hasta los dos años él estuvo bien. Después sufrió un retroceso. Olvidó todo lo aprendido. No decía ni mamá ni papá. Y sí conllevó muchos cambios en mi esposa y en mí. Nosotros somos de Canasí, Mayabeque, y debimos mudarnos para Matanzas. Estuvimos alquilados un tiempo, luego compramos una casucha y la arreglamos como pudimos.”
Ellos tienen un hijo más pequeño de tres años. Este ahora revolotea por el salón de la Carlos Pio como el vientecillo que antecede a las tormentas. “La relación entre los dos es buena. Al principio hubo su celo, porque Adriel notó la atención dividida; pero, ahora Alain domina al hermano. Este es muy noble.” – Una pequeña sonrisa se le escapa.

Mailín Roque Gutiérrez intenta que José Miguel, por lo menos trace la primera línea; pero nada más alcanzarle el lápiz este lo suelta. La escena se repite tres o cuatro veces. “Pensé que había superado lo más difícil al principio, cuando era niño; pero no, lo más difícil lo estoy pasando ahora de adolescente. Las hormonas lo mantienen más alterado.” Ella suspira y observa por un momento a su hijo: con 17 años, alto, desgarbado, un bigotico de pelusa inquieto zanquea de un lugar a otro.
“Debes tener amor y mucha paciencia. Al poseer un cerebro que no funciona igual al resto de las personas, resulta difícil hacerlos entender muchas cosas. Como no comprenden acerca de sentimientos, por ejemplo, a veces quieren expresarlo y no saben cómo y eso los frustra. También, si escuchan un ruido que no les gusta se molestan; igual ocurre con las luces, con los alimentos, con la textura de la ropa.”
De la oreja a Mailín le cuelgan tres argollas de oro. Lleva los labios pintados y sombra en los ojos; sombra azul en los párpados para embellecerse, no la oscura que aparece por el cansancio. Con un pelado corto y preciso muestra sus canas con donaire.
“Yo trabajo dentro de la Termoeléctrica en recursos humanos, tengo una hija de 23 años y a mi madre encamada con demencia. Es muy difícil porque debo conjugar el empleo, con la crianza del niño y otros problemas personales.” Sorprende el cuidado puesto en su imagen con las diversas situaciones a enfrentar en su cotidianidad; sobre todo, si le sumas las penas compartidas como cubanos, los apagones, la escasez de agua potable, los altos precios. Sin embargo, tal vez por ello mismo presume tanto, para demostrarle a la adversidad su temple.
“Aquí en Matanzas no hay ningún lugar donde alguien pueda enseñarles a ellos un oficio. No lo digo por el dinero, sino para que se sienta útil, incluido. ¿Cuándo termine ahora en la escuela qué hará él?”, se queja.
Keila, con sus 14 años, le saca casi un palmo de tamaño a Teresa, su mamá. Es una adolescente alegre con una sonrisa fija en el rostro, el pelo le desciende hasta mediados de la espalda y utiliza unos espejuelos con unos hilos con cuencas por detrás de lo oreja para no perderlos. “A mí me gusta jugar con muñecas, con barbies; también bailar y cantar; pero no hacer tareas”, comenta.
La madre levanta la mirada y le sonríe. “Si es complicado ser madre de un niño regular, imagínate de dos con discapacidad, la más pequeña mía también nació con dificultades; pero bueno hay que dedicarles sobre todo tiempo. Yo debí dejar mi trabajo como maestra para atenderlas. Ellos son de seguir muchos patrones y uno tiene que estar ahí para cuidarlos”.
Resulta impresionante la cantidad de fuerza interior que guarda en un cuerpo tan compacto Teresa. Recuerda a los átomos. Dentro de ellos reside la potencia para iluminar el mundo o destruirlo.
Yuri recoge los diferentes tocororos realizados por los niños. Algunos muestran picos voluminosos o las alas más flacas y desplumadas o colas muy largas como vestidos de novia. No obstante, cada uno de ellos resulta hermoso a su manera. Así sucede con los infantes ahí presentes, tanto Manu con sus audífonos – puerta de escape, Adriel quien sueña con grandes espacios abiertos donde corretear, José Miguel con su hiperactividad de joven con demasiada electricidad estática acumulada o Keyla y sus barbies de ojos como plato igual a ella.
Por: Guillermo Carmona Rodríguez. Tomado de Periódico Girón













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