
Sus amaneceres inician a las cinco para pastorear las vacas. Los otros dos trabajadores de la vaquería las ordeñan y Silvio se prepara para hacer el queso criollo.
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«Hay personas que me encargan las libras de queso y yo se las hago, algunas con sal y otras sin sal, el comprador decide. A mí me gusta más con sal, se le siente mejor el sabor».

Silvio nació en Guisa, Granma. Vivía con sus padres y sus 7 hermanos en la Sierra Maestra. Entre las lomas existía una pequeña escuelita de no más de quince niños de varios grados, unidos en una sola aula. En esta primera etapa escolar, de primero a sexto, aprendió a leer y a escribir. Su casa era pequeña, con solo dos cuartos, los niños dormían en uno y en el otro los mayores.
´´Yo vine a hablar con mi papá cuando tenía como 18 años, era un hombre muy serio. Era panadero, se iba de madrugada y viraba de noche. Mami también era muy recta, en la casa todo el mundo tenía algo que hacer. Había que buscar leña para cocinar, recoger café, bajar al río´´.
Al cumplir los doce años, inició la secundaria, que radicaba en otra provincia al otro lado del país.
Desde septiembre hasta julio del año siguiente estaba en Jagüey, hasta un día de noveno grado que decidió esconderse en el monte para que la guagua no lo recogiera. Sus hermanos se fueron una vez más y Silvio se quedó trabajando cerca de su casa. Su carácter era áspero y concreto, en el servicio militar se dio cuenta de que la vida con disciplina y órdenes le gustaba.
Me cuenta que no tiene muchas fotos en físico para enseñarme, pero que gracias a Facebook encontró a un compañero suyo de la milicia y le mandó algunas que se tomaron en esa época.
«Ahí yo tenía 20 años, estaba casi empezando el servicio militar. A Angola fui con 26, porque yo reengaché y llegué a ser oficial».

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Por azares de la vida se halló en Matanzas otra vez, exactamente en Pedro Betancourt, en una finca llamada Punta Brava. La vida en el campo le brindaba paz y un plato de comida cada día. A pesar del esfuerzo físico, los días de sol y la poca recompensa, prefería continuar allí. Aprendió a hacer carbón, a reconocer su piel tostada por las ardientes jornadas y a arar la tierra para el sembradío. Criaba puercos y carneros. Cada semana reunía unos cuántos pesos y se los llevaba a sus hijos que en ese entonces tenían 8 y 10 años de edad.
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Al otro lado de las lomas que separan dos municipios, limitando con el parque fotovoltáico de Jovellanos, vive Silvio. Le pregunté que cómo se llama la vaquería y entre risas me contestó : la vaquería de los paneles. Hace un año, un carro blanco se parqueó en la carretera que rodea la casa de Silvio. Eran unos ingenieros, venían a decirle que a petición del gobierno, necesitaban la mitad de su terreno para construir el parque solar. Silvio accedió y aprovechó para añadirle un apodo a la vaquería. Como muestra de agradecimiento, este personal lo conectó al circuito y en su casita no falta la electricidad.
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Desde el año 2012 vive en las afueras de Jovellanos. Al inicio sembraba en la finca y criaba animales. Hace unos 6 años se convirtió en una vaquería que produce 150 litros de leche diariamente. Silvio construyó su casita y la amuebló con las comodidades que un hombre necesita : una cama, un fogón y un baño.
Todas las semanas recorre el pueblo comprando lo necesario. Visita a sus hermanos y a sus nietos, dos pequeños varoncitos.
En las tardes enciende el televisor y el DVD y pone una memoria USB, al tocar el botón correcto aparece en la pantalla la videografía de Marco Antonio Solís.
´´Esa es la música que me gusta a mi, toda la música mexicana me gusta. Desde los mariachis y las rancheras hasta las baladas románticas.´´
Silvio vivió solo todos estos años, sin más compañía que los hombres que trabajaban con él y las vacas. Dos años atrás conoció a Mariela, su actual compañera. Mariela se encarga de la limpieza de la casita, de cocinar el almuerzo y la comida. Todas las noches prepara con leche fresca el yogurt que se tomarán en el desayuno del día siguiente, con un paquetico de refresco instantáneo para darle sabor. Ella dice que su favorito es el de coco, que junto al espesor del yogurt se siente como una crema.
-´´Silvio, no entres con las botas llenas de tierra que acabo de limpiar´´.
-´´Silvio, ya está el almuerzo´´.
-´´Silvio, cuando vayas al pueblo que no se te olvide traerme dos libras de azúcar´´.
Cuando se esconde el sol, luego de la comida, los dos se sientan en una especie de barbacoa construida con planchas de cinc entre el potrero de las vacas y el de los terneros, para hacer guardia hasta la medianoche. Silvio se vuelve a poner sus botas azul marino, luego de usarlas todo el día para trabajar, pero esta vez para vigilar el ganado. Mariela se pone un pantalón y un abrigo para que no la ataquen los mosquitos y sus botas rosadas tres números más pequeñas que las de su compañero.
Agarran una linterna de largo alcance, sus celulares, y se acomodan en el sitio improvisado a llamar a sus hijos y sobrinos para saber cómo les fue el día. Encienden los datos móviles y alcanzan la 4G con dificultad. Es el único lugar de la vaquería donde existe dicho privilegio. Abren Facebook y comentan las publicaciones que aparecen. Cada media hora iluminan ambos potreros y más allá de ellos para revisar que no haya intrusos.
Algunas vacas levantan la cabeza al percatarse de la luz, otras duermen apiñadas en una esquina y los terneros se estremecen con el espectro. La luz recorre de una esquina a otra descartando ruidos y sombras.
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A las doce de la noche culmina la guardia, Silvio hace un último registro, baja de la barbacoa improvisada y se acuesta en la cama junto a su esposa. Al otro día, antes de que salga el sol se toma una taza de café, se pone las botas y sale a pastorear el ganado.
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Por: Amanda Reyes Quesada, estudiante de Periodismo













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