
La noticia impactaba como proyectil al amanecer: apenas se estrenaba el año y a la tierra de Bolívar la teñían de sangre. Unas cien vidas se apagaron el 3 de enero de 2026 en la Venezuela que tanto amó Hugo Rafael Chávez Frías, a consecuencia del vil bombardeo imperial y las acciones tras el secuestro del presidente constitucional Nicolás Maduro. Ese día, de la Mayor de la Antillas, 32 hijos cayeron en desigual combate.
A Marvelys Sánchez López aún le cuesta procesar que su querido y único hermano ya no está. Le busca en los recuerdos y le encuentra, lo mismo carismático y risueño animando a modo de DJ alguna de las fiestas hogareñas que tanto disfrutaba, que poniéndole un poco más de orden y seriedad a las tareas domésticas. “Yo le decía: hermano, el régimen militar es para la unidad no para la casa. La verdad es que era muy limpio, organizado pero por sobre todo responsable”, rememora.
Natural de Contramestre, en el oriente cubano, y con raíces en el matancero municipio de Jagüey Grande, el coronel Orlando Osoria López tenía 49 años cuando las ráfagas de odio le acortaron la vida en tierra venezolana mientras cumplía con su deber como defensa personal; y la injusticia de su partida antes de tiempo cala en el alma de todos los que le conocieron y se niegan a su ausencia.
“De carácter noble, del tipo de persona que no vivía para él sino para los demás. Siempre fue jefe porque tenía una cultura integral muy grande, podía hablar de todo, de cualquier tema. Cuando recibía una responsabilidad generaba un ambiente de amistad y solidaridad tremendo. Los compañeros de las tropas crearon un grupo de Whatsapp y me he enterado de tantas cosas lindas…”.
La voz vuelve a quebrarse, pero no solo de dolor; la emoción transita entre cuerdas porque es su héroe y ella se sabe su espejo: el ejemplo a imitar. “Me licencié con los grados de capitán de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Fui quien lo llevé por ese camino”, asegura, aunque en las venas el hijo de Baire también lleva la valentía de su padre, Orlando Osoria Pompa, oficial del Ejército Rebelde que peleó en las arenas de Playa Girón.

Por eso no sorprende el temple de Orlandito, quien estudió en la Escuela de Cadetes de Tropas Especiales de las FAR, donde se preparó en la especialidad de Mando Táctico. Desde su ingreso a la Dirección de Seguridad Personal destacó por su disciplina, preparación político- ideológica, la responsabilidad de la que tanto habla su hermana, por ser un ejemplo desde todos los ámbitos.
Cada misión la desarrolló con profesionalidad, garantizando la integridad física de los principales dirigentes del país. Por eso tampoco sorprenden las condecoraciones por el Servicio Distinguido, de Producción y Defensa, o las insignias recibidas tras años de servicio y las conmemorativas por el 60 aniversario de las FAR y del Ministerio del Interior.
El rostro de Marvelys permanece fruncido y en los ojos la humedad es constante, mientras hurga en los recovecos de su mente. A pocos metros de sí están los restos mortales de su querido Orlando, cubiertos por la bandera de la estrella solitaria. Muy cerca, dos medallas le acompañan, a la vez que un pueblo se congrega para darle el último adiós.
Frente a la imagen del héroe y sus 31 compañeros de lucha desfila un mar de uniformes verdeolivos, batas blancas, dirigentes del Partido y el Gobierno, estudiantes, obreros, amas de casa… que acudió a la Plaza de la Vigía para rendirle el merecido tributo.
Hay flores, llanto, saludos militares, manos que aprietan, palmadas en la espalda que alientan, solemnidad, miradas y silencios que dicen demasiado. El heroísmo y sacrificio de los hijos de la Patria se agradece, aunque sigue costando entender la barbarie.
“Era el jefe del grupo del primer anillo de la Seguridad. Antes que él estaban los dos primeros coroneles, uno de ellos era el jefe de la misión, Humberto Alfonso Roca Sánchez, por quien sentía mucha admiración”, recuerda Marvely, al tiempo que vuelve el nudo a la garganta, la lágrima retenida a la fuerza y el recuerdo que atraviesa el blindaje de la coraza de amor.
“Hubo un momento en que yo no entendía la realidad, lo que estaba pasando y sufría mucho porque mi hermano no dormía. Así como escucha: en su misión no durmió cumpliendo con su deber. Y me puse muy triste cuando creí que me lo habían cogido sin poder hacer nada, sin defenderse.
“Sé que aún toda la verdad no se sabe y que un día se sabrá; pero me consta que Orlando se batió como lo que era él: un valiente, un coj… como se dice en buen cubano, y eso es lo que me alienta a seguir”.
El dolor tras la pérdida lleva a un viaje inevitable en el tiempo y regresan aquellos días de abril, de bombardeo a los aeropuertos de Ciudad Libertad y San Antonio de los Baños, de Girón y sus milicianos, pero también la llaga tras el horrendo crimen de Barbados.
“Me invadió el orgullo cuando vi al General de Ejército, Raúl Castro, al lado de los restos mortales de Humberto y de mi hermano. Duele, duele en el alma…, pero me siento orgullosa de él – y entonces recuerda la anécdota que contaba su madre sobre aquella visita a la previa cuando Orlando pidió a la progenitora que entendiera su elección y su destino: yo sueño un día estar entre los grandes y eso solo depende de mi sacrificio.
El panteón de los caídos en la defensa, del camposanto de su querido Jagüey, resguarda los restos del coronel, del combatiente que llevaba en sus entrañas la convicción de servir a su país, incluso, desde otras trincheras.
Y mientras el dolor tras la pérdida cala hondo, a Marvelys le satisface que su hermano Orlando cumplió su sueño de convetirse en un héroe al igual que su padre, de darlo todo por las causas que consideró justas, de inmortalizarse en la historia de la isla del Caribe como otro de los grandes. “Él murió como quiso, defendiendo lo que tanto amó”.
Por: Ana Cristina Rodríguez Pérez. Tomado de Girón












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