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Baraguá como acto cotidiano

La llamo otra vez para rogarle, como un perro le ladra a la estela de un automóvil. Bajo la cabeza al observar cómo un hombre agarra por el antebrazo a su esposa y la zarandea en medio de la vía pública. El jefe vocifera tanto y tan alto, porque no tiene la razón y no soy capaz de levantarme de la silla.

Al encontrarme en situaciones así, con el orgullo mellado, el ángel de la derrota abrazado a mi espalda y la impotencia sosteniendo el cañón de su revólver entre mis cejas, creo necesitar uno o dos Baraguá extras.

En ocasiones, solo nos queda mantener la dignidad. No rendirse ni rendirle a los antagonistas. No ser lastimero ni dar lástima. No pedir misericordia ni ser mísero. Sacar un coraje de donde no debe haber. Te paras en firme y aguantas hasta escuchar el disparo. Después de eso, nada importa. Tal vez perdiste, pero te retiras con tu honor intacto.

Maceo nos enseñó eso. La grandeza de lo sucedido en Baraguá está en su carácter de protesta. Cuando la mayoría de los mambises, cansados, escindidos, golpeados, decidieron callar y retirarse, el general —tozudo como uno de los metales por cuya dureza se nombra una edad— decidió no deponer las armas. ¡Que se rompa el corojo, si debe romperse el corojo!

La Gran Guerra había durado en exceso. El plomo envenena cuando sus dosis resultan demasiado altas. La diferencia de armamento y preparación militar se hizo sentir. El filo del machete no puede cortar una bala por la mitad. Los problemas sociales por los cuales comenzó la lucha se transmitieron también a la lucha.

El racismo derivado de la esclavitud sesgó al ejército. La diferencia socioeconómica entre las regiones del país —el Occidente cosmopolita y el Oriente en ebullición— no posibilitó extender las acciones bélicas por toda la Isla. Como todo proyecto comenzado en un arrebato, que no logra enfocarse, mermó de a poco.

Para el año 1878 restaban pocas oportunidades de vencer. A lo mejor se peleaba por inercia o tozudez o por unos ideales de libertad a primera vista inalcanzables. Ahí llega Martínez Campos. Aprovechó el cansancio y, en vez de pólvora, usó labia. El oneroso Pacto de Zanjón arribó como una percha donde enganchar los desgastados huesos de los mambises, a pesar de la sangre filtrada por los terrones cuarteados de la manigua.

En este escenario, Antonio, el hijo de Mariana, un mulato con pelo encaracolado y aire marcial, carga encima de sí la dignidad de todo un ejército, de una contienda, de un proceso histórico. Luego del 15 de marzo, combatió unos meses más; pero después debió exiliarse.

La Protesta de Baraguá es la burbuja final del ahogado, el grito de combate del último hombre en pie. Si queda vida y energía, la rendición no constituye una opción. De ahí proviene su importancia. Hay inmensa gloria para quien gana una batalla, pero aún más para quien, sin posibilidades de vencer, decide resistir. Rasguñará las piedras.

Casi siempre, cuando se habla de un acontecimiento histórico de tal naturaleza, se enfoca como un hecho irrepetible, reservado solo para los próceres, los santos y los mártires. Sin embargo, me asalta la impresión de que no es así, ni Maceo estaría de acuerdo con dicha afirmación.

Un Baraguá puede ocurrir en los cuatro metros cuadrados de una oficina, en el sofá forrado de tafetán de una casa, en una cola viperina para comprar pan. Está presente en cualquier momento donde una mujer y un hombre deciden no perder su dignidad.

Por: Guillermo Carmona Rodríguez. Tomado de Periódico Girón

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