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Vivir como Carmelina

La frase que forma parte del amplio refranero cubano, quiere decir que vives rodeado de lujos y comodidades, sin preocupaciones que logren alterar tu tranquilidad. Sin embargo, el nombre que se menciona en ella, perteneció a una mujer que representaba una empresa, fue cabeza de familia al quedarse viuda y permaneció en la memoria de los que la conocieron como una mujer elegante y generosa.

María del Carmen Arrechabala, llamada cariñosamente como Carmelina, nació el 7 de agosto de 1910. Nieta de Don José Arrechabala y Aldama, un español fundador de una poderosa fábrica de licores que existe en la ciudad de Cárdenas desde 1878, que llegó a producir el ron Havana Club y contaba con un puerto marítimo.

La fortuna de la familia era conocida en todos los rincones de la entonces isla republicana. Cuentan, los artículos de la época, que Don José adoraba a su nieta. Su infancia estuvo llena de los últimos juguetes del mercado, los vestidos más lujosos y cada cumpleaños se celebraba con la mejor fiesta de la ciudad. Fue educada en casa, por profesores y miembros de la familia. En uno de sus viajes a España, la joven contrajo matrimonio con el doctor Miguel Angel Arrechabala, un pariente suyo. En ese momento era muy común casarse con personas de la propia familia, para mantener el linaje intacto. La pareja tuvo dos hijos, pero en la década del cuarenta un infarto cardíaco le arrebató la vida al esposo, quien dirigía la fábrica.

Carmelina participaba en actividades de caridad organizadas por la iglesia, asistía a los eventos sociales de la ciudad y pasaba largas jornadas dentro de la compañía. Al quedarse viuda, asumió un rol más activo en la administración de los bienes familiares, gestionando propiedades y negocios.

Su interés por la fábrica y su constante preocupación por los trabajadores, reflejó su compromiso social, su buen juicio y capacidad para dirigir. Nunca llegó a liderar la empresa, pero nada sucedía dentro de ella sin su autorización.

La figura de Carmelina en el siglo XX, una mujer capaz de vestir de seda y tacones pero también de involucrarse en negocios, dejó claro su fortaleza y determinación en una época donde las mujeres se debían a sus esposos y a sus hijos.

Por: Amanda Reyes Quesada, estudiante de Periodismo

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